recordando el futuro
Abrió los ojos a un nuevo día con total resignación, se incorporó de medio cuerpo y observó la habitación sombría, los muebles polvorientos y la cómoda repleta de libros que había olvidado. Mientras se desperezaba no pudo evitar un estremecimiento que se le aferró al estomago y que no le permitió desayunar, era un día especial.
Dedicó la mañana a completar un guión, debía acudir por la tarde a un programa de televisión y lo necesitaba, con él pensó, dejaré perplejos a unos pocos y provocaré un sentimiento escéptico de la mayoría. En realidad no le importaba, así se ganaba la vida, como una atracción de feria a la que se observa y no se toca. Además todo daba igual porque ése era un día especial.
Mientras se encaminaba a los estudios no pudo evitar sentirse desbordado por un aire melancólico por todo lo que había de perder tras esa tarde.
En la víspera del comienzo de la grabación buscó su rostro entre bastidores a pesar de que tenía la certeza de no encontrarlo, quizá por eso no se inquietó.
El entrevistador fue directo, aun a riesgo de resultar grosero, hizo la primera pregunta faltando a lo acordado, pero no le sorprendió, en realidad nada podía hacerlo.
- Veamos, de modo que usted afirma conocer el futuro.
Luis contestó con aplomo:
- No conozco el futuro, conozco mi futuro, simplemente. Eso incluye las cosas que me rodean y los acontecimientos a los tengo acceso, no soy omnisciente en absoluto.
Se sucedieron una serie de preguntas que no buscaban sino dejar en entredicho su afirmación inicial, hasta que llegó el momento del juego, una suerte de paródica recreación de un adivino, el presentador más histriónico que al comienzo hacía preguntas personales a gente del público que Luis había de adivinar. Así sucedió durante varios minutos hasta que el propio presentador miró desconcertado a la regidora, no estaba preparado, no conocía a los espectadores, ¿cómo demonios lo hacía?. Terminó por acercarse a Luis para despedirle y darle la mano al tiempo que le preguntó: “¿Cómo lo haces?”. Luis le miró molesto y contestó: “Te lo dije al principio”. Tras esto le hizo entrega del guión que había escrito por la mañana y que incluía una transcripción casi exacta de lo acontecido durante la entrevista.
Se separó del presentador y se mezcló con el público todavía sorprendido de la demostración. La vio acercarse entre la multitud que se arremolinaba a su alrededor y le agasajaba con muestras de afecto y contrariedad. Las preguntas, los consejos se perdían en sus oídos porque Luis sólo tenía ojos para ella, vestía una minifalda de vuelo que se mecía ondulante al compás de sus piernas y que siempre había sido el recuerdo más intenso que había guardado de ese momento, entrevió sus ojos tras las gafas y la forma de su rostro apenas deformada por los auriculares que portaba, era la secretaria de producción del programa y se acercó para decirle: “Perdona, me han comunicado desde producción que les gustaría que asistieses mañana al programa de la noche, ¿qué te parece?”.
¿Qué había de responder?, no podía negarse, “sí por supuesto”. La secretaria continuó, “perfecto después concretarás con mi jefe”. Hizo una pausa, amagó con volverse y quedó de medio lado, tenía la cabeza gacha, alzó los ojos con discreción y se mordió inocentemente el labio inferior antes de decirle: “He escuchado lo que has dicho durante el programa, ¿es cierto?”. Luis se limitó a asentir. La secretaria continuó: “¿Qué te parece si hablamos a la salida?, acabo a las ocho”. A lo que Luis contestó: “Estaría encantado”. Mientras se marchaba volvió la cabeza y percibió íntimamente el instante, vio volar cada cabello y observó cómo le tapaban media cara, gozó al contemplar el sutil movimiento de su mano mientras los retiraba de su rostro y decía casi en un susurro: “Me llamo María”.
Así había sido siempre para él, un encuentro vivido como en cámara lenta, rico en detalles. Quería saborearlo, degustar el momento antes de que se diluyera en su memoria, antes de que escapase como la arena entre sus manos,... y no podía evitarlo.
Aguardó a las ocho, contando los segundos, maldiciendo al reloj por la tardanza y detestándose a sí mismo por desear que llegara la hora.
Llegó a la cita con una hora de antelación, observó desde una esquina próxima cómo salía por la puerta, se despedía de sus compañeros y miraba a continuación a los lados buscándole a él. Parecía una diosa, Luis la recordaba envuelta en áurea luminosa y la imagen real no desmerecía. Se acercó a ella y le dio un beso infantil en la mejilla. Convinieron en ir a un restaurante italiano del centro que María frecuentaba.
Durante la cena María no escondió el motivo que la había llevado allí y sin dar muchos rodeos se interesó por las habilidades de Luis:
- ¿Qué fue eso que dijiste en el programa? ¿Es cierto?
- Sí lo es –contestó Luis, que se encontraba con ánimos de confiarse a María, de desnudar sus inquietudes ante ella- Lo cierto es que va más allá, para que te hagas una idea, cada acto que realizo, cada imagen que contemplo es como la representación de una escena que guardo en mi memoria. Cada palabra que digo, cada palabra que oigo retumba en mi cabeza como el eco de otras que se encuentran en mi cabeza.
- No puedo entenderlo –prosiguió María.
- Es difícil de imaginar supongo, para quien nunca ha percibido así la vida. Es como si todo estuviera prescrito, actúo según un guión que no puedo saltarme.
- ¡Pero tú eres dueño de tus actos, revélate! – exclamó María.
- Si algo he aprendido es de hecho, que no soy dueño de mis actos. Tengo un camino marcado y no puedo hacer nada.
- Basta con que hagas lo contrario de lo piensas, ¡qué demonios eso también me concierne a mí!, ¿qué sucede si decido irme ahora mismo y no volver a verte?
Luis se encogió de hombros y pensó: “Sería gracioso que lo intentaras porque de hecho no puedes”.
María a lo largo de la charla, primero se compadeció de él y de su inconcebible existencia, después se sintió ligada a su destino y deseó ayudarle, pero al final terminó por amarle, quiso unirse a aquel desconocido que la cautivaba con su labia y le ofrecía una existencia embarcada en la aventura de dar sentido a una vida dispuesta en sentido inverso.
Ambos se marcharon a casa de Luis y allí se amaron hasta muy entrada la noche. Al dormir María habló entre sueños y susurró: “No te abandonaré nunca”. Luis no pudo reprimir una lágrima que afloró en sus ojos, ni la angustia que le ahogaba y entrecortaba su respiración, esa noche apenas pudo conciliar el sueño.
A la mañana siguiente estaba sólo. Llamó a la cadena de televisión, para cancelar su aparición en el programa. No contestó María. No le preocupó en absoluto, a las tres de la tarde Luis la esperaba en su casa con una espléndida comida. Cuando entró María parecía ofuscada, pero sus facciones se suavizaron al contemplar la mesa, dejó el abrigo y le preguntó a Luis: “¿A qué se debe esto?”.
Comenzaron a comer en silencio, pero María lo rompió súbitamente gritando: “¿Qué demonios te pasa?, me he informado sobre tu problema, es imposible, ... quiero decir el libre albedrío, ... el catedrático me ha puesto la cabeza como un bombo. Te puedo enumerar todas las razones, las he anotado ...”.
- No te esfuerces –dijo Luis-. Soy la prueba viviente del determinismo, he leído, o mejor dicho leeré todo lo referido al tema, no quiero hablar de eso ahora. Tengo que decirte algo.
Luis hizo una pausa, tragó saliva y continuó:
- Yo no te lo he contado todo, tengo que explicarte algo más. Es acerca de mi memoria, del mismo modo que recuerdo el futuro, soy incapaz de evocar cualquier acontecimiento pasado, mi percepción del tiempo no está ampliada, simplemente invertida.
- ¿Qué significa? ¿Acaso no recuerdas el pasado? – preguntó María.
- Exactamente – respondió Luis.
- Quieres decir por ejemplo que no recuerdas lo que pasó anoche.
- Ni anoche, ni hace una hora, ni hace dos minutos. Tengo una vaga percepción de los acontecimientos pasados inmediatamente y una noción aún más difusa de los que acontecieron hace tiempo. Supongo que del mismo modo que el resto de las personas perciben un futuro reciente, una cita por ejemplo de la que sabes con quién has quedado y dónde, puedes imaginar su llegada, pero no puedes recordar nada concreto.
- ¿Qué ves ahora, qué nos pasará a nosotros?.
Luis bajó la cabeza antes de contestar, no podía mirarla a los ojos y dijo:
- Te veo abandonando esta habitación, María no volveré a verte. Por eso íntimamente me duele haberte encontrado. Cada segundo de felicidad a tu lado me ha sido hurtado de la memoria, pudiera ser que nos conociésemos desde hace dos años, dos horas o unos minutos, ¡ya no me acuerdo¡ - exclamó Luis alzando el tono de voz -. Tu figura, tu persona se diluyen por momentos en mi memoria - acabó por decir casi en un susurro -.
María había roto a llorar, se dio cuenta que no tenía sentido, que no podía vivir con una persona en esas condiciones. Se levantó lentamente observando a Luis con infinita ternura, le besó en la frente y abandonó la casa sin mirar atrás.
Aquella noche cuando Luis se fue a dormir había perdido el sentido de su vida, la imagen recurrente que acudía a su memoria, María sonriendo con el pelo suelto y su dulce mirada de princesa de cuento de hadas. En su lugar se vio a sí mismo en una habitación lóbrega y silenciosa, repleta de libros y restos de comida. Empuñaba un arma y la dirigía lentamente a su cabeza, el resto le estaba vedado, ahí acababa todo. No podía concretar el lugar, desconocía la fecha, únicamente sabía que era eso lo que le deparaba el destino. En su existencia sólo cabía una cuestión, ¿cuántas noches había de sufrir esa terrible pesadilla?.
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