Sunday, May 21, 2006

La desidia y el arrebato

Uno se para a observar lo que acontece al resto de los mortales desde el banco de madera carcomida en una calleja vulgar cualquiera. Mira a un lado y mira a otro…

Mira a una mujer absorta en las maravillas de su marido ufano, absorta en su grandeza, absorta en su contexto mientras piensa qué ha sido de su vida, porque el mejor de sus recuerdos la transporta a un patio de vecindad, lúgubre, iluminado por las penas negras y las sombras de la carencia y de la necesidad, pero allí había algo que no encuentra ahora, algo que se la antoja extraño por más que quiera sentirlo, encontrarlo en su memoria… solo la queda el vacío de lo que fue, las risas del asfalto ceden ahora ante los rascacielos del aceite quemado de una vieja sartén. Y mira a su esposo, lo mira, lo mira y no lo ve.

Mira a un niño, lleno de antojos y granos del placer del azúcar, pleno de fantasías, capaz de lograr ser héroe sin saber lo que es sentirse vencido, ¡qué error tan tamaño!, pero es un niño, y se perdona. Niño fuerte, niño sano, contaminado del aire que respiramos, pero vital, preciso, joven, lozano. Quizá sea cuerdo en la vida y no ceda al vulgo de las vanidades, pero es probable que aún no sepa lo que es la necesidad, el carecer y el hambre, y es probable que nunca sepa su suerte dorada. Quizá sea grande y justo en el mañana, pero es probable que sea capricho y deseo eterno de sus padres, y que nunca aprenda la grandeza de la espera, de la resignación y del control… pero es un niño… eso es. Será un hombre, mañana tal vez, pero hoy es un niño. Su perro lo lame cada impureza del rostro, porque la apariencia es imperfecta solo a los ojos del hombre, lo importante es lo que solo el animal sabe, que el gusto de ese rostro es cálido y afable.
Mira a un anciano lleno de pliegues de vivencias lleno de carreteras viejas por las que han circulado mil comics y mil proezas. Su vida se va consumiendo paulatinamente entre humo de coches y cloacas televisivas soeces. Ha sido gran testigo de la historia de un mundo poderoso, y no ha logrado jamás extraer una verdad decorosa de tanto egoísmo, de tanto odio. La mujer que lo acompaña lo odia tanto como lo ama.

Desde mi lado del mundo lucho en la batalla por no caer del banco de madera putrefacta en el que mi abatido cuerpo aún se halla. Me aferro con la voluntad del joven y con la experiencia del viejo, con las nostalgias de la mujer y la fe ciega del perro. Así consumen mi ser sin remedio la desidia y el arrebato.

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